OLIVAS Y ACEITUNAS

De pequeña solía ir con mi Madre al mercado. No dudaba en acompañarla, sabía que cuando las fuéramos a comprar, la dependienta me iba a ofrecer cualquiera de las que tuviera, y yo por supuesto las iba a probar. Desde la puerta de la entrada, ya se veía la parada, dábamos la vuelta para hacer las correspondientes compras hasta llegar a ese lugar en donde se me disparaban tres de los cinco sentidos, la vista por la alegría que me daba al verlas, el olfato porque se olían desde lejos y el sabor por lo exquisitas que eran. Aquella señora tan generosa, después de un par de saludos y de algún que otro alago, introducía aquel gran cucharon en el recipiente y dándole un par de vueltas para removérlas, lo sacaba y me lo acercaba para poder yo así finalmente disfrutar del delicioso manjar.

Mi madre me preguntaba cuáles me gustaban y en función de mis preferencias las compraba. Las probaba casi todas, gazpacha, manzanilla, arbequinas, las de aragón o kalamata. Rellenas de pimiento, con o sin hueso. Me consideraba una experta dándoles a las olivas mi valoración y aprobación, después de tanta degustación. Era lo mejor que le podía pasar a una amante de las aceitunas como yo.

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