CONDENADA

Deambulaba sola por las calles, lo único que tenía era un viejo carrito de la compra sucio y destartalado. Tendría unos setenta años. La tersura de su piel denotaba que había sido muy bella, y su mirada era limpia y clara. Llevaba un abrigo gris y una falda larga negra, calzaba unas bambas desgastadas por bordillos y aceras.

Cada día me la encontraba en la misma esquina sentada. Yo la observaba atentamente, viendo como ordenaba aquel carrito en donde almacenaba todo lo que a su paso se encontraba. Al cabo de unos minutos me acercaba y la saludaba, _¡buenos días!, ¿qué tal estamos hoy?_ ella siempre me respondía lo mismo, _perdona que no te haya saludado antes, no veo bien de lejos_. Luego le preguntaba, _¿necesita usted algo?_ y ella me respondía _no, no ahora viene mi marido a buscarme._A su manera era feliz.

Un día me fijé en aquel carrito que para aquella señora era su vivienda, y ví que llevaba una foto en un marquito de plata. Supuse que era ella de joven y aquel hombre al que tantos días esperaba. Estaba sola pero a la vez acompañada. Se rodeaba de ruido, de tráfico, de sol, de aire y de lluvia. De personas que al verla igual que yo, le preguntaban si necesitaba algo, y su respuesta era siempre una _perdona que no te haya reconocido, no tengo bien la vista, ahora viene mi marido a buscarme, pero él nunca llegaba.

Photo by sergio omassi on Pexels.com

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